Un hombre entra a un bar y pide un refresco. Al instante nota que la gente le mira. “¿Me pone una Coca-Cola, por favor?”. La señora que regenta el bar le contesta con tono desagradable: “Aquí no se hacen favores”. Tras un buen rato esperando, la señora le pone el refresco con malos modos, y lo hace sin ponerle el platito de frutos secos que le había puesto a los demás clientes. El hombre coge la indirecta, paga su consumición y se marcha. Para un taxi porque no conoce Madrid y tiene que llegar a casa de un amigo. Le dice la dirección al taxista y este le responde con una pregunta: ¿Tienes dinero?
Le enseña el dinero y el vehiculo se pone en marcha.
El hombre es colombiano y eso fue lo primero que le ocurrió en España. Saúl Ramírez no tuvo un gran estreno en este país. “Era el año 97, ahora los españoles están más acostumbrados a tenernos por aquí” dice entre risas.
Actualmente tiene 35 años y lleva diez viviendo en Madrid, donde trabaja como portero de una urbanización en Sanchinarro. Con satisfacción cuenta que, en su particular escalada laboral, comenzó como conductor de un camión de Coca-Cola haciendo viajes de Madrid a Sevilla. "En esa época no solo no tenia papeles, sino que no tenia carné de conducir".
Saúl creció en el seno de una familia humilde dedicada a la recolección de café, a pesar de eso siempre quisieron que estudiara, de manera que tras superar la escuela y el colegio se marchó para estudiar en
Lejos del estereotipo, miles de inmigrantes de alto nivel educativo también se establecen en España en busca de mejores opciones. Saúl Ramírez es uno ellos. En España hay alrededor de 4.150.000 inmigrantes, de los que algo más de tres millones están regularizados. De esos tres millones, sólo el 3,3% (99.000), 1 de cada 6, están realizando trabajos acorde con los títulos obtenidos en sus países de origen, según
Estas palabras son fiel reflejo de la situación de Saúl. Su ambición cuando llegó era la de homologar su título y con el tiempo poder dedicarse a lo que le gusta, sin embargo, está desganado y cada vez ve más lejana esa posibilidad. “Es imposible. Te piden más de 3.000 euros y realizar unos exámenes… y yo no puedo. Trabajo 12 horas al día, 6 días a la semana, yo no puedo estudiar, mi familia depende de mi”. Saúl todavía sigue siendo el sustento familiar. Manda 400 euros todos los meses a sus padres y a su hermana. “Los primeros años me desesperaba porque no prosperaba. Yo soy veterinario, no portero. Pero ya no me quejo” dice con resignación. No le gusta su trabajo pero tiene que hacerlo, y añora su país y a su familia. El poco tiempo libre que tiene se lo dedica a sus dos perros que hace dos años recogió de El Refugio. “Amo a los animales. Es lo que más me gusta. Son mejores que las personas.”

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